miércoles, 6 de enero de 2010

Carol Ann no tiene quien le escriba

En la película The way we were, Katie Morosky (Barbra Streisand) es una militante de izquierda algo robusta y narigona, de sólidos principios y carácter imposible, que trabaja en una radio pacifista durante la segunda guerra mundial. Por casualidad, se encuentra con su viejo compañero de universidad, Hubbell Gardiner (Robert Redford), un frívolo atleta de clase alta, inteligente y buenmozo y, aunque no tienen nada en común, se enamoran el uno del otro.

Previsiblemente, las cosas no funcionan como lo habían planeado. El necesita una esposa encantadora y una anfitriona popular para sus cocktails, pero ella siente que ocupar ese lugar es negarse a sí misma. No puede negociar sus ideas, ni soportar los chistes ligeros de sus amigos, ni solidarizarse con su rutina de dandy.

Con el tiempo, la relación se vuelve más tensa y compleja. Ella lo cuestiona, lo acorrala y lo presiona, y él la evade. Ella espera que él escriba literatura pero él prefiere trabajar en Hollywood. Él le pide diplomacia, y ella arma escenas afiladas e imprudentes. El es elegante, discreto, refinado. Ella es corriente y dice lo primero que le viene a la cabeza.

La relación comienza a desintegrarse cuando él la engaña con Carol Ann, su antigua novia de la Universidad, que además de ser la esposa de su mejor amigo, es el preciso reverso de Katie: una manequin aristocrática de finos rasgos que no se despeina, no grita, y –lo más importante- no quiere ser nadie más que “la esposa de alguien”. Una muñeca.

Luego de esta traición, Katie y Hubbell se divorcian y no vuelven a verse hasta unos años después, cuando se encuentran por la calle. Hubbell lleva a una inofensiva señorita parecida a Carol Ann de la mano y Katie lleva panfletos contra la guerra de Vietnam. Cuando se despiden, Katie lo saluda con lo que luego sería una de las frases más famosas del cine:

“¡Adiós Hubbell, tu chica es adorable!”

La sabiduría popular nos dice que los hombres como Robert Redford a menudo se enamoran de Katies, pero se casan con mujeres del tipo de Carol Ann. Como Big en Sex and the City, que se niega a formalizar con Carrie pero se casa con Natasha. O como Johnny Johnsson, que juega con Laura Ingalls pero se enamora de su hermana Mary, o como Dermot Mulroney en La boda de mi mejor amigo, que vive suspirando por una despeinada Julia Roberts, pero desposa a Cameron Díaz.

Tan exigente es este axioma, que no sólo los hombres demandan Carol Anns. Las madres, las suegras y las abuelas también las prefieren. Nos piden que nos sentemos derechas, que no digamos malas palabras, que no nos manchemos la ropa y que nos casemos -o, al menos, que llevemos un novio a las cenas familiares.

Nosotras, por otro lado, también somos responsables de este fenómeno. Durante el colegio secundario, todas queremos llevar la vida de una porrista norteamericana y no de una narigona imperfecta. La bulimia y la anorexia, las uñas esculpidas y las cirugías de nariz, son, entre otras cosas, algunas pruebas de nuestros intentos por corregir la diversa naturaleza de nuestros cuerpos y transformarnos en otra mujer perfecta, pero olvidable.

La economía y el marketing también colaboran con esta secta. Las marcas de ropa, las publicidades de cigarrillos y los tips de las revistas de moda, dialogan todo el tiempo con Carol Ann. Nadie diseña, en cambio, ni produce para Katie.

Las Carol Ann pueden quedarse con el resto del mundo; con las revistas de moda, las remeras talle único, las muñecas Barbie y las ensaladas de lechuga. No necesitan nada más, y menos una columna. Después de todo, puede que las mujeres adorables compren perfumes y cigarrillos, ¿Pero quién quiere escribir sobre ellas?



lunes, 4 de enero de 2010

Naturaleza Femenina


Dicen que somos ansiosas, que nos ahogamos en un vaso de agua, que no sabemos respetar los tiempos del otro, que exigimos compromiso y fidelidad cuando no es necesario, que somos emocionales e impulsivas, que marcamos territorio y que no tenemos paciencia. Pero no es cierto. Por ahora, las mujeres vivimos esperando.

Que crezcan los pelos

Diez días después de una depilación, todo es calor y amarga espera. No importa lo que diga Braun en la TV; la piernas lisas sólo duran –cuando mucho- una semana. A partir de ese día, comienza la cuenta regresiva; los pelos son demasiado largos para usar pollera, pero cortos para la cera.

Que llegue el indicado

Antes del amor hay millones de citas mediocres, decepciones disfrazadas de payaso, un simulacro eficaz, dos inviernos de celibato, seis fiestas de casamiento sin cita, e incluso, un embarazo aparente. Y detrás de cada fracaso, nos espera, en silencio, la íntima angustia de un posible futuro lleno de mañas y soledad. En la mayoría de los casos, la espera vale la pena, y en los otros, no vale la pena esperar.


Que vuelva a crecer el cabello

Las mujeres somos víctimas de un curioso ritual involuntario que se repite en cada peluquería del mundo: pedimos que nos corten un poco las puntas (solo “dos dedos”), pero el necio estilista nos deja calvas como un sonajero. Desde ese día, todo es lágrimas y hebillitas, y quizás algún pañuelo.

Que madure

Que prefiera viajar por el mundo a comprar un televisor de plasma. Que no se gaste todo el sueldo el día ocho. Que deje de decirle “los chicos” a sus amigos de 39 años. Que no se vista de mamarracho. Que deje de hacer chistes pavos. Que se acuerde de sacar al perro. Que crezca.

Que traigan tu talle en negro (la semana que viene van a entrar)

Las diseñadoras se empeñan en pintarrajear sus figurines color verde loro y rosa frambuesa, cuando la mayoría de las mujeres morimos por la ropa negra. Es inevitable: si tienen tu talle no se hizo en color negro (la vendedora dirá que lo tienen en blanco porcelana, cemento-hormigón o chicle de uva) y si –afortunadamente- ese modelo sí viene en negro, sólo quedan talles diminutos o demasiado grandes.


Que él te llame

De todas las promesas masculinas, ofrecer un llamado es, sin duda, la más perversa. Las mujeres no entendemos esta oferta como un saludo de cortesía o una posibilidad. Para nosotras, es siempre una propuesta genuina. En la espera, no somos todas iguales: están las impúdicas que atienden el teléfono con la voz empapada de expectativas y están las discretas, que sólo abren el celular de vez en cuando, para ver las llamadas perdidas.

Que él arregle algo de la casa

Sus holgazanas promesas de plomero charlatán se renuevan cada fin de semana. Las excusas son poco variadas y previsibles: que está cansado, que no hay tornillos o que la mudanza se aproxima. Cualquier excusa es buena para ver televisión en calzones, dormir la siesta y no salir de casa hasta el lunes siguiente.

Que llegue el verano
Hipnotizadas por un descuento, compramos sandalias en la liquidación de mayo o un sweater tejido a mano en pleno octubre. Con suerte, hay que esperar dos meses para estrenar, y en el peor de los casos, guardarlo hasta el año que viene.

Que se divorcie

Cuando crezcan sus hijos. Cuando su mujer se recupere. Cuando su madre se muera. Cuando se anime. Cuando ponga todo a su nombre. Cuando ella no lo amenace con matarse. Cuando ella no lo amenace con matarlo. Cuando seamos viejas y cuando lo odiemos: en ese momento dejaremos de esperarlo para siempre.


Que te venga
No existe demora más inquieta y sofocante que un atraso. La agobiante posibilidad de tener un hijo con el hombre equivocado no puede mermar sino hasta que ese hijo llega. La espera de los exámenes corregidos, de un avión que no aterriza, o del sueldo que no llega, no puede compararse a la violenta sorpresa de esa nueva presencia.

Que él cambie
Miente descaradamente quien dice que busca un príncipe azul. Las mujeres no buscamos perfección. Buscamos potencial. Vivimos recuperando malandras, enderezando casos perdidos y emprolijando vagabundos. Nos queremos creer todas las promesas; incluso las más remotas y oxidadas. No hay duda, no buscamos hombres a estrenar; lo nuestro es el reciclaje.

Que los niños crezcan
Cuando yo era chica, mis hermano menor saqueaba mi placard, invadía mi cuarto y disponía de mi biblioteca a voluntad, y cada vez que yo reclamaba, mi madre me consolaba diciendo que “ya crecería”. Cuando cumplí veintitrés años supe que esa ansiada maduración no tenía fecha precisa. Hice bien. Mi madre todavía espera.

Que se vean los primeros resultados del tratamiento
Los tratamientos estéticos son un acto de fé. Aplicamos catorce pomos de centella asiática movidas por la promesa de una madurez lozana y digna. Nuestras garantías son débiles y pocas: el consejo de una amiga, una corazonada o la publicidad. Y seamos sinceras: rara vez seguimos las instrucciones al pie de la letra o llegamos hasta el final.

Que el tipo que te gusta se conecte
Estoy dispuesta a pecar de “nerd”, de perdedora, de ridícula o de patética, pero alguna vez yo también esperé ansiosamente que alguien se conecte a internet. Cada falsa alarma es un nudo en la garganta, pero no recuerdo sensación más prometedora que ver el muñeco carmesí de su nombre ponerse verde.